jueves, 8 de febrero de 2018

Soy federalista porque soy internacionalista (por Maria Comín)

Catalunya será charnega, “choni”, “quilla”, gitana, “sudaca”, “machupichu”, “paki”, mora, china, rumana, o no será, será mestiza o no será

(Intervención en el debate Puente en la Palabra de Radio Rebelde Republicana celebrado el 26 de enero de 2018 en Calabria 66)



Agradecer a Javier y al Programa Federal 3R de Radio Rebelde Republicana, la organización de los debates Puente en la Palabra, estas conversaciones desde la mirada coral del federalismo y la invitación a participar en este debate con esta compañía de lujo.
Quiero empezar recordando a dos mujeres y a un hombre que nos han dejado esta semana. La escritora nicaragüense Claribel Alegría, nos dejó ayer, amiga entrañable, madre y suegra de mi gran amiga y mi gran amigo de Nicaragua, conversadora y luchadora incansable. A Naomi Parker Fraley icono del poster “Podemos hacerlo!” (We Cant Do It!”). Y al poeta chileno Nicanor Parra.
Y entro en el tema del debate. Por qué federalismo?  Como dije el día que me presenté cuando me invitaron a participar en el grupo federal de ICV y de Catalunya en Comú, soy federalista porque soy internacionalista. Y porque todas la sociedades son mestizas (a menos que seamos cuáqueros o amish) y estamos destinados a tener que entendernos. Si entendemos federalismo como el pacto o la alianza entre realidades diferentes, ya sean pueblos, comunidades…. preservando la identidad de cada uno, es decir, unión y pluralidad, unión y diversidad, fraternidad, dentro de un marco de confianza, creo que es la mejor forma de organizar sensibilidades y procedencias diversas y de garantizar la democracia.  Democracia entendida como el acuerdo entre diferentes partes, con unas reglas del juego comunes aceptadas y respetadas por todas las partes, para llegar a una propuesta común, no entendida como el triunfo de una parte (la mayoría), sobre la otra u otras partes (minoría).
Este mes de Diciembre e inicios de Enero he tenido la oportunidad de cruzar la Península de Este a Oeste, y de Norte a Sur; desde Barcelona hasta el Bierzo leonés, pasando por Aragón, la Rioja y tierras castellanas;  y luego viajar desde Barcelona hasta Málaga y Cádiz bajando por el Levante, y de regreso  cruzando la Andalucía interior y la Meseta haciendo parada unos días en Zaragoza, para llegar de nuevo a Barcelona. En todas las visitas no ha habido un solo día en que no hayamos conversado con alguien que tenga familia en Catalunya o que haya vivido en Catalunya. Catalunya tierra mestiza desde sus orígenes, griegos, romanos, fenicios, árabes…, con intercambios constantes con Aragón por su vecindad y proximidad. Y si nos acercamos al siglo XX, la Catalunya actual la levantaron junto a los catalanes de nacimiento la masiva llegada de emigrantes de toda la Península, especialmente de Andalucía, estos andaluces a los que Miguel Hernández les dedicaba estos versos:  
“Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,”

La Cançó de Bressol de Joan Manuel Serrat sintetiza muy bien esta mezcla, este mestizaje de la Catalunya del siglo XX:
"Por la mañana rocío,
al mediodía calor,
por la tarde los mosquitos:
no quiero ser labrador".

Cançó de bressol que llavors ja em parlava
del meu avi que dorm en el fons d'un barranc,
d'un camí ple de pols, d'un cementiri blanc,
i de camps de raïms, de blats i d'oliveres.
D'una verge en un cim, de camins i dreceres,
de tots els teus germans que van morir a la guerra.”
Y posteriormente la emigración procedente de otros regiones y países del mundo, América Latina, el Magreb, Oriente Próximo, África, Ásia, Europa del este. De manera que somos una amalgama de culturas, identidades, orígenes y procedencias. Najat Elhachmi en uno de sus brillantes artículos decía: En la escuela me enseñaron que no era gente ni pueblo ni identidad ni nación ni ninguna etiqueta que me quisieran atribuir, en la escuela catalana a la que fui me enseñaron que era ciudadana”. Es evidente pues que hay unos vínculos históricos, familiares, que entrecruzan Catalunya con el resto de pueblos de España y ahora del mundo. Tanto es así que en Noviembre de 2015, después de visitar la Alhambra y el Generalife en Granada, subimos al Albaicín, había una puesta de sol magnífica y unos gitanos tocaban la guitarra y daban palmas, Bruna,  nuestra hija, entró en éxtasis, realmente el espectáculo era de una belleza inmensa, con la Alhambra al fondo y el cielo de un rojizo y anaranjados intensos y el Cante inundando el ambiente. El amigo malagueño que nos acompañaba, le dijo: “pero Bruna, si el mejor Cante y el mejor flamenco ahora lo tenéis en Catalunya”.
Yo misma, de madre catalana y padre aragonés, primera infancia andaluza, y después catalana, con el paraíso infantil en el Pirineo,  la Vall Fosca, origen de mi familia materna, veranos en el Moianés y después Alt Empordá, juventud latinoamericana, y el corazón desde pequeña en Vietnam, Sudáfrica, Palestina y las revoluciones latinoamericanas. Se me hace difícil pensar, pues, en levantar una frontera y en separarnos de la luz y el mar de Málaga y Cádiz, de los pueblos blancos andaluces, de la belleza de El Bierzo, y de Aragón. Quienes reivindican más autogobierno para las llamadas comunidades históricas, olvidan o desconocen que los Comuneros de Castilla, los Comuneros de Villalar, fueron los primeros en levantarse con conciencia de territorio el año 1520-1521, y de ahí procede el color morado de la Bandera Republicana. O que cuando estalló la guerra civil, la II República estaba a punto de aprobar los Estatutos de Autonomía de Andalucía y Aragón. De manera que si recurrimos a la historia para remarcar las diferencias, hagámoslo sin olvidos ni vacíos. Pero más que de diferencias me gusta hablar de diversidad, de identidades múltiples y de acuerdo, de puntos de encuentro, de fraternidad, respetando y salvaguardando, esta diversidad, más que remarcando la diferencia. Creo que cuando hablamos de diferencia podemos caer en cierto supremacismo, pues es fácil sobreponer unos a otros. En Catalunya estamos viendo como en estos últimos años y especialmente últimos meses el remarcar las diferencias nos está llevando a un etnicismo, clasismo y racismo excluyentes, cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles. Sin ir más lejos, ayer las juventudes de Arran asaltaron por cuarta vez la sede del diario digital “Crónica global” y además se vanagloriaron de ello en un twitt, en nombre de combatir el fascismo.
Si queremos superar el conflicto creado hay que tender puentes y construir, ni Catalunya, ni España, ni Europa, no puede construirse a base de demandas identitarias, como decía esta semana la profesoras danesa Marlene Wind: “Europa no creo que pueda construirse sobre la base de demandas identitarias : me parece una idea de otro siglo. Este tipo de movimientos conducen al lugar equivocado: a una balcanización que debería asustarnos. Hay que tender puentes y construir. Es necesario una desescalada del conflicto”.
Creo que hay que retomar el catalanismo del que se ocupa en parte el profesor Aristu en su libro El oficio de resistir. Miradas de izquierda en Andalucía durante los años 60, lo que él identifica como la propuesta de Alfonso Comín y Jordi Solé Tura en la que “se propugnaba una síntesis de identidades andaluzas (y de otras regiones) de la inmigración con la catalana oriunda en un proyecto social, político y cultural integrador en una “nueva“ Catalunya, se consiguió a finales de los años 60 y primeros 70 y supuso el gran proyecto alternativo al de la burguesía catalana”.
Y por qué ahora el federalismo?
Pues porque pienso que hemos llegado al final de una etapa, que tiene un momento de inflexión no sólo aquí sino a nivel mundial con el movimiento de los indignados y que aquí se expresó con el 15M. Pero quienes hablan del “Régimen del 78” y desprecian la Constitución, creo que caen en un error. Visto lo visto y el punto en el que nos hallamos ahora, no se podían hacer las cosas de otra manera para acabar con el franquismo y reconozco la grandeza de quienes hicieron renuncias para llegar a acuerdos. Como nos decía en Nicaragua el gran maestro Xabier Gorostiaga no hay que ser principistas, que no quiere decir renunciar a los principios. Seguramente la Constitución ha quedado pequeña, por suerte, quiere decir que hemos crecido, como el niño al que los pantalones le llegan por encima del tobillo y las mangas del jersey por los codos. Hay 3 opciones, tirar los pantalones y el jersey, seguir querer metiéndose en él a la fuerza como un embutido, o alargar las piernas del pantalón y las mangas del jersey adaptándolo a la nueva realidad. Yo opto por la tercera. 
Efectivamente vivimos una crisis social, económica, política…  que es de alcance mundial: crisis de los refugiados y personas migrantes, problemas ambientales gravísimos y de difícil solución, diferencias salariales por género, por edad, por procedencia u origen, aumento de la pobreza infantil, por citar algunos de ellos, han hecho saltar por los aires el cierto bienestar que había en determinadas regiones del mundo como Europa, cierto, pues no era para todo el mundo igual. Ante esta situación de crisis y malestar generalizado, el nacionalismo soberanista, “procesista” e independentista catalán,  Converència/PedeCat , aprovecha la situación y tapa sus déficits como la corrupción y los recortes en políticas sociales para hacer un discurso quimérico que aparenta tener la solución a la crisis y prende en el descontento. Y ERC y la CUP le acompañan en este viaje y utilizan el “procés” como el elemento de cohesión social. Se han apropiado de Catalunya, nos hablan “del poble”, “d’un sol poble” y cuidado que esto nos lleva a viajes peligrosos y han convertido en hegemónico su discurso. Pero igual que la DUI “fake”, su quimera no existe, es un espejismo, dónde está su República?, sus logros?. Sus logros un pueblo fracturado y dividido y un país más empobrecido.
Desde cuando el nacionalismo ha sido de izquierdas o ha defendido los intereses de las clases populares y trabajadoras? Si miramos la historia de Europa se ha servido de estas clases trabajadoras para nutrir los ejércitos y los ha enviado a morir, caso de la I y II Guerra Mundial. En la situación actual, como un carlismo del siglo XXI, la burguesía dominante en el poder, ha utilizado esta quimera de la “Catalunya “lliure i independent” para establecer alianzas con la clase media y con sectores de las clases populares no metropolitanas precarizadas, amenazadas y descontentas, la menestralía, para tirar adelante el “procés”, vendiéndolo como una revolución, y el inicio de la revolución mundial, cuando se trata de una contra revolución burguesa o a lo sumo de una revuelta, ya que aquí no se está subvirtiendo ninguna estructura, y menos la capitalista, ni se está rompiendo con el poder, lo único que se está fracturando es la sociedad catalana.
Pero en Catalunya y en España nos hemos dejado llevar por otro espejismo, el antifranquismo era todo de izquierdas, por lo tanto los nacionalismos catalán y vasco son de izquierdas. Nada más lejos de la verdad. En la lucha antifranquista se encontraron personas y partidos de ideologías diferentes e incluso opuestas. El Franquismo entre muchas otras cosas colaboró en esta percepción equivocada al perseguir y prohibir todo lo que no fuera la cultura española elegida por él y malogrando la cultura de lengua castellana, desde el flamenco andaluz hasta la jota aragonesa, para poner algunos ejemplos.
Retomemos el eje de la lucha de clases, que a pesar de lo que algunos nos quieren hacer creer, sí existe, y el eje izquierda-derecha. Al menos esta es mi guía para intentar analizar y entender esta maraña creada, la telaraña “procesista”. La Catalunya y Euskadi desarrolladas y crecidas en gran medida durante el franquismo, además de nutrirse de la emigración del resto de España, sus burguesías se lucraron, se nutrieron y colaboraron con el régimen franquista, igual que los señoritos andaluces. Y más recientemente CiU no ha sido quién ha apoyado leyes y decretos del PP, cuando ICV e IU y más recientemente Unidos-Podemos-En Marea y Compromís parecían el Llanero Solitario en el Congreso de los Diputados?. Regresando a la lucha de clases, ¿las necesidades de las clases populares no son las misma en Cataunya que en Andalucía, Aragón o León.?  La precarización, la dificultad de acceso a la vivienda, la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, el deterioro del medio, la degradación de la sanidad y la educación…. Pero como es que ha prendido en la clase media y en ciertos sectores populares, los menestrales de la Cataunya no metropolitana, el mensaje “procesista” e independentista de cariz fundamentalista? Había un sustrato que por una parte tiene un origen, una explicación histórico identitaria, en esta Catalunya que desde hace siglos se siente agraviada y víctima y que sitúa el arranque en lo que sucedió tres siglos atrás, en 1714, y que ha ido transmitiendo de padres a hijos este relato victimista, acompañado de una visión determinada de la historia de Catalunya, España y Europa, que muchas veces es más leyenda que realidad. Es necesario recuperar los significados y los significantes, las palabras y los símbolos, la historia; se ha actuado falseando el imaginario colectivo y pervirtiendo el lenguaje. Un victimismo que a su vez es supremacista, porque surge de sentirse diferente, mejor y no reconocido. Por otra parte este sustrato tiene su cultivo en los años de “pujolismo”, en los que se potenció determinada cultura catalana y se marginó y ninguneó otra, se malogró la inserción lingüística, que en los primeros años había sido ejemplar, y se explicó una Catalunya excluyente y exclusiva. Estos dos elementos han sido el sustrato donde ha prendido el “procesisimo” “identitario” fundamentalista que asocia España al PP y al franquismo y han creado el espejismo de la quimera del “procés”. Y que además se ha presentado como el inicio de la revolución mundial. Cómo vamos a levantar una nueva frontera si lo que hay que hacer es derrumbar fronteras, no sólo son inevitables los flujos de capital, también lo son los de personas, levantar fronteras en este mundo es como poner puertas al  campo.
Pero estos problemas y crisis, sociales, humanos y económicos que son de alcance mundial, vivimos nos guste o no en este mundo globalizado, solamente encontrarán respuesta si buscamos soluciones globales e interconectadas. El aislamiento y la separación no son soluciones, es inevitable imprescindible ponerse de acuerdo. La Catalunya “trabucaire”-anarco-carlista milenarista e identitaria está destinada a entenderse con la Catalunya mestiza, de origen migrante y con la Catalunya urbana metropolitana. De ahí la gran actualidad y necesidad de encontrar una propuesta federal tanto en el marco de España como de Europa.

Y ya para finalizar, solamente decir que Catalunya será charnega, “choni”, “quilla”, gitana, “sudaca”, “machupichu”, “paki”, mora, china, rumana, o no será, será mestiza o no será.

viernes, 5 de enero de 2018

Los tuits del señor Antoni Castellà #SI (por Mireia Esteva)


Señor Castellà #SI me da miedo su república porque no sé si se parecerá a la República Popular China, a la República Árabe Unida o a las repúblicas de los países bálticos que excluyen a las minorías rusas. Me da miedo su república porque la proclamaron ignorando a más de la mitad de los catalanes, porque la proclamaron saltándose al propio Parlamento, la Constitución, el Estatuto y y al Consejo de Garantías Estatutarias


        Señor Antoni Castellà #SI, ¿además de banalizar de forma tan ruin el sufrimiento de los judíos a manos de los nazis se refería a gente como yo cuando decía en un tuit dirigido a los catalanes de la tercera vía que algunos judíos alemanes votaron tal como querían que lo hicieran los líderes nazis, con la esperanza de que este gesto de supuesta lealtad los vinculara de nuevo al sistema? Me refiero a este tuit señor Castellà #SI:



         Aparte del contenido, en sí deleznable, el tuit fue escrito la noche antes del día de reflexión en las elecciones de Cataluña del día 21D. No dije nada por aquello de respetar las reglas del juego el día de reflexión electoral. Ignoro las causas por las cuáles las neuronas de alguien pueden llegar a recorrer caminos tan tortuosos para llegar a establecer una comparación tan desafortunada, y publicarlo en un tuit en un momento en que pensó que estaba al límite de tiempo para que alguien se lo rebatiera. Le aseguro que sus neuronas no me interesan y sepa que sus comentarios no me afectan personalmente, porque estoy segura de que no compartimos ni la ética ni los valores y difícilmente podríamos ser amigos. Sin embargo, usted me preocupa como político, ya que se ha presentado en la lista de ERC, en una posición preeminente. Me preocupa que exista gente de su calidad humana con bastantes probabilidades de gobernar. Porque usted me desprecia, señor Castellà #SI. Me desprecia a mí y a todos los que el 21 de diciembre votamos a partidos que buscan vías de entendimiento para resolver los conflictos. Me desprecia sin conocerme, y su ignorancia y su falta de sensibilidad y de sentido crítico le confieren una visión supremacista de la realidad y de su relación con los demás.

        A eso que usted llama la tercera vía, eso a lo que usted ningunea porque lo suyo es contribuir  a polarizar la sociedad, abre caminos de concordia, establece puentes y encuentra soluciones a los problemas que tiene la humanidad. Eso que usted desprecia es el camino federal, sistema que ya comparte mes de la mitad de la población del mundo y a dónde se dirige el proyecto de construcción de la Unión Europea. Eso que usted desprecia, señor Castellà #SI ha sido la forma que la humanidad ha encontrado para evitar las guerras producidas por el nacionalismo excluyente, porque a eso es a lo que conduce el nacionalismo que usted representa. A eso conduce la radicalidad basada en abrir fronteras físicas y emocionales entre ciudadanos. 

        No soy judía, ni me siento perseguida por nadie. He vivido el régimen franquista, y a diferencia de usted, sí sé lo que es vivir bajo la bota del nacionalismo excluyente, bajo una dictadura. Por eso, señor Castellà #SI me da miedo su república. Me da miedo porque no sé si se parecerá a la República Popular China, a la República Árabe Unida o a las repúblicas de los países bálticos que excluyen a las minorías rusas. Me da miedo su república porque la proclamaron ignorando a más de la mitad de los catalanes, porque la proclamaron saltándose al propio Parlamento, la Constitución, el Estatuto y al Consejo de Garantías Estatutarias. No sé quién es usted para apropiarse de un territorio en el que vivimos todos, pero si le digo que yo voto por los que hacen propuestas para cambiar las cosas con lealtad democrática, con el respeto a las diferencias y con la ética del reconocimiento mutuo.

        Le aseguro, señor Castellà #SI que hace tiempo que mi ombligo no me preocupa. Por eso prefiero un país federal, porque a diferencia del nacionalismo, el federalismo levanta la mirada para poner las energías en resolver los problemas que tiene el conjunto de la sociedad sin excluir a los demás. La diferencia entre usted y yo es que aunque yo no quepa en su república, usted si cabe en la mía, porque el federalismo, a diferencia del nacionalismo, respeta la pluralidad y protege a las minorías. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

Por un federalismo robusto: la hora de avanzar en cinco dilemas (por Francesc Trillas)

Francesc Trillas analiza los cinco dilemas del federalismo planteados por Pablo Simón en Politikon. ¿Federalismo simétrico o asimétrico? ¿Federalismos a los que se llega a partir de realidades soberanas o introduciendo reformas para seguir juntos? Aquí las respuestas



En un artículo del politólogo Pablo Simón que fue escrito en 2014 y que ha vuelto a circular recientemente (lo que prueba su vigencia), se planteaban cinco dilemas que el federalismo en España debía resolver: “Si de verdad existen federalistas sinceros en España deberían ser capaces de manejar estos conceptos y mojarse en cada uno de los dilemas que plantean”. Como no sólo creo que de verdad existen federalistas en España (y en todo el mundo) sino que me considero uno de ellos, acepto el reto de Simón. Voy a intentar “manejar” los conceptos que plantea y “mojarme”, en el bien entendido que entrar en contacto con el líquido elemento no tiene que implicar necesariamente, aunque a veces sí, elegir entre conceptos que están en tensión (entre los que existe un “trade-off”), sino en ocasiones mejorar los términos del dilema, es decir, encontrar mecanismos para aliviar la tensión.

Dos libros (“Economía de una España Federal” y “Qué es el federalismo”) y mi respuesta a las diez preguntas más frecuentessobre el federalismo contenían ya algunas claves para estos dilemas, pero voy a intentar condensar los argumentos en el formato sugerido por Pablo Simón,

1. El origen de la palabra sugiere que viniendo federalismo de foedus (pacto), un sistema federal resulta de poner de acuerdo a un gobierno central y unas partes federadas. En realidad, en el federalismo europeo (y en el futuro y en parte en el presente, en un federalismo global) habría que ir más allá de dos niveles y hablar de la aceptación natural de la democracia multi-nivel, acomodando realidades distintas (una Francia más centralizada –aunque menos que en el pasado-, una Alemania con unos länder importantes, una Italia donde pesan más las ciudades que las regiones, unos continentes cada vez más integrados). Existen efectivamente federalismos a los que se llega a partir de realidades soberanas (coming together) y otros a los que se llega introduciendo reformas para seguir juntos (holding together). Estar en uno u otro creo que no se elige, sino que depende de la trayectoria histórica. España camina hacia una federación holding together y Europa hacia una federación coming together. La idea del demos como sujeto de soberanía creo que es una idea pre-federal: en el federalismo del siglo XXI creo que deberíamos relativizar el concepto de soberanía y simplemente reconocer que hay grados distintos (y en general decrecientes, como comprueban los británicos) de facilidad de separación. El federalismo debe contribuir a un marco institucional estable (como ocurre en la mayoría de federaciones) compatible con el asentimiento y la aceptación del marco legal por una gran mayoría y con el respeto de los derechos de las minorías.

2. El modelo cooperativo frente al modelo dual es el segundo dilema que sugiere Pablo Simón. Los sistemas federales se distinguen entre otros aspectos entre aquellos que tienen competencias concurrentes y otros donde existe una división más clara (dual) en la tarea de cada nivel de gobierno. Este es uno de los dilemas donde optar es imposible. Tiene que haber aspectos donde se coopere más y aspectos en los que la división de tareas sea más clara. En España se ha hablado de la necesidad de clarificar qué competencias corresponden al Estado central y dejar las demás como residuo, por defecto, para las Comunidades Autónomas. Seguramente hay muchos terrenos donde ello es posible. Pero Europa también nos muestra (por ejemplo, en la política de defensa de la competencia o la regulación de redes) que el federalismo cooperativo es necesario en áreas que requieren inputs de los distintos niveles de gobierno. Debería ser posible mejorar la claridad competencial y al mismo tiempo la calidad de la cooperación.

3. La elección entre un federalismo simétrico y uno asimétrico a menudo se presenta como algo dicotómico y además como algo en lo que algunos parecen jugarse su orgullo. En realidad, el grado de asimetría lo marca mucho la realidad, la existencia de rasgos objetivos (la geografía, las lenguas) o tradiciones legales. No debería ser tabú discutir los elementos de asimetría que existen actualmente en España ni tampoco discutir también la posibilidad de algunos elementos adicionales de asimetría que no comprometan la igualdad de derechos de los ciudadanos. El derecho a la diferencia debería ser posible sin diferencia de derechos. Todas las federaciones contienen asimetrías, especialmente la europea, pero en muchos terrenos está justificado, precisamente en aras de la igualdad, garantizar por lo menos unos “suelos” simétricos, por ejemplo en los impuestos. Nos entenderemos mejor si hablamos de federalismo flexible que si hablamos de federalismo asimétrico.

4. Autogobierno y gobierno compartido son dos rasgos que se destacan en la mayoría de definiciones de federalismo. De nuevo hay poco de antagónico entre ambos. Claramente, en España hay más autogobierno que gobierno compartido. Aquí hay mucho terreno por construir, desde la reforma del Senado hasta la cooperación entre comunidades con rasgos o problemas comunes, pasando por un mejor funcionamiento de las conferencias de presidentes. En general, sería enormemente deseable y contribuiría a la estabilidad institucional en España que las decisiones territoriales se tomaran en foros institucionales transparentes en lugar de en acuerdos partidarios cuando un partido necesita completar una mayoría.

5. El federalismo fiscal se construye haciendo compatible la corresponsabilización fiscal con la solidaridad interterritorial. El reto en España es doble: reducir la discriminación existente entre régimen foral y régimen común, y proporcionar mayor claridad y transparencia al régimen común. Más responsabilidad fiscal de las comunidades no debe ir reñida con más coordinación fiscal (suelos), y más fiscalidad europea. En los últimos meses y años varios grupos de expertos han avanzado en niveles de consenso más elevados que lo que ellos mismos admiten. Hoy es posible avanzar hacia una Hacienda federal en España, con mecanismos de recaudación cooperativos que tengan como objetivo común luchar contra el fraude y la elusión, con una financiación suficiente, y es posible avanzar hacia un presupuesto europeo digno de este nombre basado en formas de fiscalidad europeas. Sin una Hacienda federal en España y Europa es imposible sostener y mejorar el Estado del bienestar

En definitiva, la guía de Simón sigue siendo muy oportuna. Este texto no pretende ser un programa de solución definitiva de dichos dilemas, sino simplemente apuntar posibles direcciones en las que habría que trabajar mucho en los próximos meses y años en España y Europa. Sería en teoría imaginable un federalismo entendido como la preservación de privilegios. Pero no sería a la larga consentido por la mayoría de la ciudadanía, ni en España ni en Europa, ni respondería a unos valores éticos aceptables. Al mismo tiempo, el federalismo reconoce unas realidades pre-existentes (unas identidades, unos territorios), pero en lugar de enfrentarse al nacionalismo que generan, lo supera de alguna forma. Sin duda, eso genera tensión, pero es una tensión que es imprescindible saber gobernar con el máximo sentido de la tolerancia en unos tiempos sometidos a grandes convulsiones. 

Los grandes problemas de nuestra sociedad sólo se superarán aceptando que el viejo Estado-nación (con una lengua, una moneda, una bandera, un ejército y un himno) ha muerto. Debemos impulsar nuevos marcos mentales y nuevos modelos de organización y convivencia. Pero hacerlo con fiabilidad, ofreciendo seguridad a la ciudadanía. No se trata de ofrecer más descentralización, sino mejor gobierno. El federalismo no es una broma, y llegó para quedarse.

sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Qué nos ha pasado? (por Josep Mª Asensio)

 Que la idea de ciudadano se supedite a la de nación, supone un apreciable riesgo para la democracia y la ética ya que una entidad superior en valor al sujeto, puede justificar acciones que de otro modo se considerarían reprobables



       Cuando uno se pregunta por lo sucedido en Cataluña resulta aleccionador considerar lo que escribía T. Todorov, hace unos diez años, en relación a las identidades de los individuos en la Unión Europea: “Un habitante de Barcelona puede enorgullecerse de formar parte simultáneamente de la cultura catalana, de la nación española y de los valores europeos. Esta separación no plantea en sí el menor problema, ya que hemos visto que el ser humano se acomoda fácilmente a múltiples pertenencias, en cualquier caso inevitable”[1]. Pues bien, a mi modo de ver, el intento del nacionalismo de revertir esta situación a otra monoidentitaria (concepción predominante en siglos anteriores), ha sido la principal causa del estrés que ha padecido buena parte de la sociedad catalana y que se ha visto reflejado de manera muy evidente en las relaciones sociofamiliares.

        Entre los principales factores que han contribuido a esta situación de estrés se encontrarían, a mi juicio,  los siguientes: la intensificación de la incertidumbre respecto al inmediato futuro; la contaminación de los espacios (banderas, himnos patrióticos, manifestaciones, celebraciones, etc.) y del lenguaje (¿qué esconden expresiones como “derecho a decidir”, “soberanía”, “DUI”, etc.,?); la constante presencia en los medios del problema catalán; la evidencia de engaños e intentos de manipulación por parte de muchos representantes políticos y sociales; el peso psicológico que representa sentirse en minoría en ciertos entornos sociales (lugar de trabajo, grupos de amigos, etc.) y el elevado control emocional que se requiere para evitar que las discrepancias familiares en un asunto de esta naturaleza, no se traduzcan en rupturas afectivas. Todos estos elementos transmiten una notoria sensación de conflicto, inseguridad y  temor que afectan al equilibrio psicológico de las personas, la convivencia y la idea de comunidad.
La mentalidad nacionalista a gran escala no se forma de cero, pero tampoco es la consecuencia de una espontánea respuesta colectiva ante la percepción de ciertos agravios
        La mentalidad nacionalista a gran escala no se forma de cero, pero tampoco es la consecuencia de una espontánea respuesta colectiva ante la percepción de ciertos agravios (el corredor mediterráneo, las autopistas de pago, el Estatut modificado por el Tribunal Constitucional, etc.,) así considerados por la ciudadanía de un territorio. Estas posibles afrentas influyen negativamente en la concordia, por supuesto. Pero, para que se produzcan unos efectos separadores como los vividos en Cataluña, ciertos “dedos señalizadores con poder” han de haber hecho previamente su trabajo. El de intentar orientar la mirada de la ciudadanía en una determinada dirección, intensificar los  sentimientos de pertenencia y superioridad por un lado (el “nuestro”) y de distanciamiento y desafección hacia el otro. El medio para conseguirlo no es otro, en cualquier nacionalismo, que una acción concertada y propagandística que magnifica las “diferencias” que separan a personas y territorios de uno y otro bando, intenta transformar éstas en “incompatibilidades” para, finalmente, concluir que lo que procede es independizarse de esos “otros”, causantes de buena parte de “nuestros” males y responsables de que  la considerada “nación propia”, no reconocida, ejerza el derecho que la asiste de liberarse y alcanzar su plenitud.

        Para que este proceso pueda desarrollarse es preciso, lógicamente, que los “dedos señalizadores” puedan desempeñar su influencia a través de las instituciones, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y la educación. No es necesario que esa influencia se haga muy evidente o de manera doctrinaria. Es suficiente situar a “los nuestros” en los puestos claves de esas organizaciones, ignorar a los “otros” (a España en TV3  se la conoce por “Estado”), establecer en múltiples ámbitos (cultura, deporte, etc.,) ciertas comparaciones tendenciosas, la selección de unas u otras noticias, la infravaloración de “los otros” o destacar las virtudes de “los nuestros” por poco relevantes que sean.

        Con tiempo, y el nacionalismo en Catalunya lo ha tenido por obra y gracia de la apatía del estado y ciertos intereses partidarios, todos esos matices acaban “calando”, inconscientemente o no, en la mente de muchos ciudadanos que sienten la inquietud que les genera convivir en una atmosfera de enfrentamiento civil no declarado, pero sí perceptible. En términos de “psicopolítica” se ha de tener en cuenta, además, la probada tendencia de las personas a seguir acríticamente a sus líderes, a sentirse bien en grupos muy cohesionados y a valorar las propuestas que conlleven una cierta mística (un “nuevo” relato, la construcción de un “nuevo” país, etc.,).

        Esta deriva propicia, por otra parte, que la idea de ciudadano se supedite a la de nación, lo que supone un apreciable riesgo para la democracia y la ética ya que una entidad superior en valor al sujeto, puede justificar acciones que de otro modo se considerarían reprobables (pensemos, por ejemplo, en las antidemocráticas últimas sesiones del govern de Cataluña, en la ostensible corrupción/malversación reconocida  y en los múltiples engaños que se hizo a la población). Igualmente, se desdibuja el papel que en democracia juegan las distintas ideologías políticas (pueden gobernar conjuntamente partidos de pensamiento político muy dispar si lo requiere “la causa”), mientras que emerge la  tendencia a confundir “el pueblo” con la parte del mismo que se muestra afín a las concepciones nacionalistas. La política derivada de éstas  crea así un grave problema de convivencia que, paradójicamente, luego se propone resolver por la vía política en forma de un diálogo imposible. Y lo es porque una de las partes, El Estado, pierde siempre, ya sea cediendo su soberanía o permitiendo referendums que la pongan sucesivamente en cuestión.

        Reconducir esta situación en Cataluña no va a ser una tarea fácil. Solicitará no pocos esfuerzos para lograr una mutua comprensión, la vuelta a la democracia constitucional, transformar las fuerzas separadoras en cohesivas y generar  mentalidades que valoren la convivencia cívica por encima de cualquier otra pretensión transformadora de la sociedad. Pienso que quizás la idea de un federalismo con alta sensibilidad social, propenso a contemplar la diversidad como una riqueza para el conjunto y leal a las instituciones, pueda ser una vía de solución a medio o largo plazo.


Resumen de la intervención  Federalistes d’Esquerra en Sant Cugat el 1 de diciembre de 2017




[1] Todorov, T. (2008) El miedo a los bárbaros, Círculo de Lectores, Barcelona, p.117.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Identidades Rivalizadas (por Gaby Poblet)

La gran contradicción que arrastra el modelo de estado-nación es que la identidad nacional sirve para velar una realidad: la desigualdad y la brecha social dentro de la misma comunidad política




        Los balcones de Catalunya se han convertido en el escenario de una guerra de banderas. Las estelades blaves dueñas de una anhelada libertad y las roji-gualdas representando el amor a la tierra de Cervantes se miran con recelo. En ningún balcón conviven las dos banderas. Son banderas rivales y representan identidades nacionales rivales. Y aunque estén en una misma finca, entre ellas hay una frontera. No es un fenómeno nuevo, ni tampoco exclusivo de Catalunya y España.

        Las identidades nacionales, habitualmente representadas con banderas, fueron premisas fundamentales para forjar la creación de los estados-nación en el mundo burgués del siglo XIX, un mundo dividido pero a la vez interdependiente. En su ya clásico libro Comunidades Imaginadas, Benedict Anderson definió a la nación como una “comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. Explica este autor que la nación se concibe como comunidad porque a pesar de la desigualdad y la explotación, existe un compañerismo profundo y horizontal, y existe una conciencia nacional de quiénes forman parte de esa nación, aunque nunca se llegue a conocer a todos los miembros.

        En el Siglo XIX, circunscribir a esta “comunidad imaginada”, no resultó nada fácil. Para definir y cohesionar a la colectividad de ciudadanos pertenecientes a un estado-nación, se bregó especialmente sobre la identidad nacional basada en la idea de Volksgeist (espíritu del pueblo), un concepto definido por el filósofo Heider y difundido por el romanticismo alemán. La idea de Volkgeist asume la existencia de naciones independientes, cada cual con una identidad nacional diferenciada como una fuerza propia y natural de un pueblo, que se manifiesta a través de elementos considerados inmutables, como la lengua, la historia, la poesía o determinadas costumbres y tradiciones, muchas revalorizadas de la épica medieval.

        Pero el romanticismo alemán, la construcción de la conciencia nacional y la propia idea de estado-nación han hecho olvidar que en realidad la identidad nacional es un concepto meramente relacional. Toda identidad nacional requiere de Otra identidad para poder destacar su diferencia. Las identidades nacionales se fueron construyendo a partir de rivalidades políticas existentes que luego fueron delimitando la pertenencia a un estado-nación. En un principio, ni siquiera la lengua era excluyente para pertenecer a una comunidad política. Tal como explicó el antropólogo Frederik Barth, fueron, paradójicamente, las situaciones de contacto las que diferenciaron y marcaron las identidades nacionales como “propias”.

        La gran contradicción que arrastra el modelo de estado-nación es que la identidad nacional sirve para velar una realidad: la desigualdad y la brecha social dentro de la misma comunidad política. La identidad nacional – siempre de una forma rivalizada entre naciones - es lo que permitió generar vínculos horizontales y reforzar la idea de fraternidad entre ciudadanos de una misma nación. Es lo que legitimó también, morir en guerras e incluso matar por la pertenencia y el amor a esa nación. Y aunque no se llegue a matar o morir por ello, hoy en día aún resulta muy difícil que una lucha enmarcada en cuestiones territoriales y nacionales, no derive en debates identitarios también de forma rivalizada, que acaban dividiendo a la clase trabajadora, tal como ocurre en Catalunya y en muchos países europeos.

        ¿Qué está pasando ahora en Europa?
        La comunidad nacional también se convirtió en garante de la seguridad y la protección dentro de esa comunidad, en tanto otorga los derechos de ciudadanía por pertenecer a ella. Cuando hay una crisis económica profunda y escasean el trabajo y los recursos, la comunidad nacional se hace más pequeña. En vez de revisar los vínculos verticales causantes de estas crisis, se revisan los vínculos horizontales y enseguida aparecen chivos expiatorios, que son aquellos cuya identidad es la más diferenciada, y por lo tanto, la más fácil de rivalizar: extranjeros, grupos de otra religión o cultura, o comunidades vecinas. La idea del Volkgeist vuelve a resurgir y se produce un repliegue dentro de la comunidad para proteger los derechos de los miembros que se consideran “auténticos”. Es lo que se denomina repliegue nacionalista, que apela a “recuperar” la esencia cultural y los privilegios sociales de esa comunidad (que pudieron haber sido reales o bien que se transmitieron como forma de mito).

         El exponente más significativo es la ultra derecha europea con lemas como “Au nom du peuple” de Lepen, o el “America First” de Trump. El miedo a la globalización también contribuye a un repliegue nacional e identitario. El mundo está más comunicado y las amenazas están más cerca. Surge la sensación de que en una comunidad más pequeña estamos mejor protegidos y de que a su vez esta comunidad más pequeña será más fácil de proteger. Es como cuando hay una tormenta y sentimos que lo mejor es estar en casa con nuestra familia al calor de una chimenea. El problema aparece cuando necesitamos salir a la intemperie para buscar recursos y no tenemos paraguas.

        La realidad es que el Volkgeist y esa comunidad imaginada que aparentemente nos protege, son un mito. Tal vez fueron útiles en su momento como refugio, pero ahora ya no son un refugio, ni mucho menos una solución. La globalización ha dejado obsoleta aquella creencia de que la soberanía radica en la nación, y el estado por sí sólo como instrumento apenas alcanza para garantizar los derechos de ciudadanía. Las soluciones a las crisis deben pasar por tejer alianzas más allá de esas fronteras imaginadas, que promuevan integración, fraternidad y cooperación.

        En estas nuevas alianzas y marcos cooperativos, las identidades nacionales no deben ser excluyentes ni rivales. El federalismo tiene la responsabilidad de desnaturalizar las rivalidades entre identidades nacionales, y validar la identidad nacional como una premisa relacional y múltiple. Esto no se trata de romper ni fraccionar las identidades nacionales, ni mucho menos de negarlas o invisibilizarlas. Tampoco se trata de fusionarlas, ni diluirlas en banderas blancas o de varios colores. Se trata de eliminar rivalidades denunciando la instrumentalización de las identidades nacionales por parte de las élites económicas y políticas, para volver a situar el conflicto en su eje vertical, y no de forma horizontal. Eliminar y desmitificar estas rivalidades es el primer paso para lograr redefinir el sentido de pertenencia a una comunidad política que proteja y otorgue derechos.
El federalismo debe legitimar la convivencia de diferentes identidades nacionales en un espacio más amplio, democrático y plural, y reafirmarse sobre la existencia de múltiples pertenencias. Debe encontrar elementos aglutinadores para generar nuevos vínculos emocionales horizontales que permitan ampliar las fronteras de la “comunidad imaginada”
        El federalismo debe legitimar la convivencia de diferentes identidades nacionales en un espacio más amplio, democrático y plural, y reafirmarse sobre la existencia de múltiples pertenencias. Debe encontrar elementos aglutinadores para generar nuevos vínculos emocionales horizontales que permitan ampliar las fronteras de la “comunidad imaginada”. Es a través de estos nuevos vínculos y de las múltiples pertenencias que el federalismo podrá abrirse camino y consolidarse como una forma de organización cooperativa y solidaria, erradicando definitivamente las viejas y míticas “guerras de banderas”.


        Nota de la autora: Al igual que Amin Maalouf cuando acaba su libro Identidades Asesinas, deseo que dentro de unos años cuando mis hijos o nietos encuentren este artículo perdido en el ciberespacio, me digan: ¿En serio era necesario explicar esta tontería?

sábado, 11 de noviembre de 2017

Adiós a Carles Pastor (por Francesc Arroyo, Beatriz Silva y Siscu Baiges)

Fue un historiador de su propio presente y fue capaz de verlo en amplia perspectiva. Un periodista riguroso pero, sobre todo, un gran amigo y una persona honesta. Federalistes d'Esquerres no habría sido posible sin él o al menos no habría sido lo mismo




Hoy hemos despedido a Carles Pastor, uno de los fundadores de Federalistes d’Esquerres, un periodista riguroso y profesional que sirvió de maestro a varias generaciones pero que era, sobre todo, un gran amigo y una persona honesta.
Carles Pastor empezó los estudios de periodismo en la Escuela Oficial de Barcelona en el año 1969, el mismo año en el que empezó a estudiar Historia en la Universidad de Barcelona. Fue en los dos casos un alumno serio y brillante. También crítico con alguno de los profesores y el sistema de estudio. En aquellos años convulsos en los que la dictadura se resistía a darse por vencida, colaboró no poco a combatirla. En la facultad de Filosofía y Letras (donde se cursaba entonces la especialidad de Historia) formó parte del movimiento unitario llamado “Comités de Curso” que promovía la democratización de la vida universitaria. Apenas terminar las dos carreras empezó a trabajar en la sección de política de Mundo Diario, de donde pasó a El Periódico cuando se fundó esta nueva publicación. En él se jubilaría al llegar a la edad reglamentaria tras una estancia en El País. Nunca, sin embargo, dejó de escribir de política, actividad que él veía no como un patio de gallinero sino como la organización de la convivencia. Como informador riguroso que fue, quizás tuvo rivales, pero no enemigos.
Hay algunos historiadores que desdeñan el periodismo por su falta de rigor. Carles Pastor, con su actividad a lo largo de los años, muestra lo infundado de ese desdén. Cuando se quiera escribir la historia de los últimos 40 años, sus crónicas serán una fuente excelente. Inevitable. Porque Carlos fue un historiador de su propio presente y fue capaz de verlo en amplia perspectiva, sin dejar nunca de lado la actividad de ciudadano que le impelía a mejorar la sociedad en la que le tocó vivir.
En 2012 formó parte del pequeño grupo que impulsó el manifiesto ‘Llamamiento a la Cataluña federalista y de izquierdas’ que dio origen en 2013 a Federalistes d’Esquerres. Desde el primer día, se puso al frente de un pequeño grupo de periodistas a los que organizó por turnos para poder sacar adelante la comunicación de una asociación que casi no contaba con medios materiales pero sí con un grupo de profesionales dispuesto a dedicarle cada noche algo de su tiempo. Cuando se presentó el manifiesto fundacional, en octubre de 2012, decidió que era suficientemente importante para no enviarlo por correo electrónico y asumió el trabajo de entregarlo personalmente, impreso, en cada una de las redacciones.
Carlos era mucho más que un gran periodista: era un excelente compañero, una persona generosa que hasta el último momento luchó por valores escasos en estos tiempos como la convivencia y el entendimiento. Creía firmemente en una Cataluña diversa, integradora y tolerante. Este proyecto no habría sido posible sin él o al menos no habría sido lo mismo.
Esperamos que la tierra te sea leve, compañero. ¡Volveremos a vernos!

sábado, 4 de noviembre de 2017

Bandera viene de bando (por José Luis Atienza)

Debemos dejar de ser federalistas en la intimidad y dejar de practicar el federalismo como un vicio solitario, y darle la épica y la emoción de ser la única vía capaz de articular la diversidad cultural y nacional, porque ni el inmovilismo ni la insurrección son caminos que lleven a ningún sitio. Nuestra bandera debería ser blanca. Blanca como las sábanas que ondeaban en las azoteas de la infancia, porque el trapo blanco siempre ha sido el color maternal de la tregua, el alto el fuego, la enseña de la paz que sueñan los soldados en guerra



(Intervención de José Luis Atienza en el acto ‘Puente en la palabra’ organizado por Radio Rebelde Republicana el 3 de noviembre de 2017 en el auditorio de Calabria 66)

Bandera viene de bando y dividirse en bandos es la manera más rápida de encontrar razones para lanzarnos los unos contra los otros. El pueblo llano desfilaba dividido, a pie, bajo los trapos de colores de los nobles que iban a caballo. Sentir los colores era ser carne de cañón para morir por la bandera.
Este pasado mes de octubre ha comenzado con un mar de banderas esteladas y ha acabado con un mar de banderas rojigualdas con la presencia minoritaria de la vieja bandera que va de bandera de parte sino de bandera de síntesis precaria: la senyera. Hay quien ha estado en las dos manifestaciones, porque una parte de la gente no va donde sus ideas sino donde va Vicente. Y a Vicente le ha dado por llevarnos a cuestas de las emociones nacionales.
Nación viene de nacer en el mismo lugar, aunque uno nace donde puede y no donde quiere, por lo que la cosa no tiene mucho mérito, porque al igual que nacimos aquí podríamos haber nacido allí. Recuerdo una vieja canción del argentino Facundo Cabral que también cantaba la mexicana Chavela Vargas. "No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es el color de mi identidad." Ser feliz colectivamente es el color de la identidad del federalismo: organizarse para conseguir esta felicidad relativa de ser diferente y vivir en paz consigo mismo y con los demás. 
Nuestra bandera debería ser blanca. Blanca como las sábanas que ondeaban en las azoteas de la infancia, porque el trapo blanco siempre ha sido el color maternal de la tregua, el alto el fuego, la enseña de la paz que sueñan los soldados en guerra. Es una bandera que dice mucho más que el hablamos, que el dialogamos. Es la bandera del acordemos. El federalismo lleva el pacto puesto hasta en el nombre porque es la construcción política de la confianza (fides) a partir del pacto entre iguales (foedus).
Uno es de la bandera blanca del pacto, pero también de la bandera roja, que es la bandera de la gente de a pie, la bandera de quienes viven de su salario o de su pensión. Uno, que es un comunista desteñido por el cambio climático de la vida y de la historia, todavía cree en los valores de un himno revolucionario y federal. La internacional, un himno de cuando las manos con callos y sabañones eran nuestro capital, que decía cosas como “ningún deber sin derecho” y “ningún derecho sin deber”. La internacional era la vieja solidaridad obrera por encima de fronteras y naciones. La mayoría de los muertos caídos bajo las banderas de las últimas guerras mundiales eran trabajadores. Los muertos siempre los ponemos los mismos. 
El federalismo es la bandera blanca de los sistemas de gobierno, porque el blanco es la suma de colores del arco iris. El sistema federal es ponerse de acuerdo sobre la forma de vivir juntos, de gobernarnos juntos gentes con realidades diversas, y establecer los derechos y los deberes. El federalismo practica el acoso y derribo al concepto de soberanía, derivado de soberano, adjetivo apto para reyes, coñacs y gobierno verticales pero no para un gobierno horizontal, de competencias repartidas, en red, para este mundo que está conectado económicamente. Es incompatible izquierda y soberanismo, porque de lo que se come se cría e izquierda es compartir riqueza, gobierno, economía y derechos sociales. Sin embargo, alguna izquierda ha confundido soberanía y nacionalismo con lucha de clases, que ya es confundir, y a partir de ahí todo en ella fue naufragio.
El punto de apoyo del federalismo para mover el mundo es el deseo de estar juntos, y eso está en peligro. Por ello debemos de convertir la fraternidad con los pueblos de España en una militancia humilde con el aliento de los ideales republicanos que alimentan el federalismo, libertad, igualdad y fraternidad. Es el momento de la militancia federalista, debemos dejar de ser federalistas en la intimidad y dejar de practicar el federalismo como un vicio solitario, y darle la épica y la emoción de ser la única vía capaz de articular la diversidad cultural y nacional, porque ni el inmovilismo ni la insurrección son caminos que lleven a ningún sitio. No nos dejemos arrebatar las viejas palabras de las que el nacionalismo intenta apropiarse, legitimidad, libertad y democracia, para convertirlas en sinónimos de independencia. Nos toca recordar aquellos versos de Espriu.
Però hem viscut per salvar-vos els mots,
per retornar-vos el nom de cada cosa
Y eso depende de la política pero no puede ser una solución desde arriba sino que la tenemos que empujar desde abajo. Ahora más que nunca, cuando florecen las alambradas nos toca proponer. Nos toca recordar a Daniel Viglietti, a quien perdimos hace tres días, y ponernos a desalambrar.
A desalambrar, a desalambrar
que la tierra es nuestra,
tuya y de aquel,
de Pedro, María, de Juan y José.
Muchas gracias.