lunes, 3 de abril de 2017

Los Refugiados del Clima. Hacia una solución global (por Gonzalo Delacámara)

Desde 2008, una media de una persona por segundo se ha desplazado por desastres iniciados de manera súbita, la mayor parte de los cuales estaban relacionados con extremos meteorológicos o climáticos. Esta cuestión, que irá en aumento, necesita una solución a escala mundial y una aproximación federal que reconozca los derechos fundamentales de estas personas. Los refugiados del clima no son refugiados del clima en realidad sino de nuestra incapacidad para proporcionar una adecuada gobernanza de los recursos naturales y los bienes comunes


En 1915, el poeta estadounidense Edgar Lee Masters publicó Antología de Spoon River, una colección de breves poemas en verso libre que narra colectivamente los epitafios autobiográficos de los habitantes de Spoon River, un  pequeño pueblo de ficción en eso que hoy llaman ‘la América profunda’. Spoon River contiene más de doscientos personajes que nos cuentan cómo vivieron y murieron. Cada uno de ellos narra en primera persona su propio epitafio y reflexiona sobre la existencia; desde cada uno de esos breves relatos revelan la verdad que las convenciones sociales, el peso de la tradición, la inercia, las ideas míticas, les obligaron a ocultar en vida. Esa antología poética muestra que no hay mejor modo de conocer por qué tomamos las decisiones que tomamos, de indagar en lo universal, que experimentando la emoción de lo inmediato.
Lo inmediato estos días tiene que ver, entre otras cosas, con la afluencia de inmigrantes y refugiados a Europa. Por cierto, afluencia no masiva: el 89% de los refugiados del mundo es acogido por países en desarrollo. Se repite, de hecho, con insistencia que Europa padece una crisis de refugiados, cuando mi sensación es que son los refugiados quienes padecen la crisis de Europa.
Actualmente hay aproximadamente 70 millones de personas desplazadas de modo forzoso en el mundo, de los que unos 20 millones encajan en la figura legal del refugiado. Las cifras han crecido pero también se ha difuminado la frontera entre refugiados que huyen de conflictos bélicos, persecuciones de toda clase, Estados fallidos con economías en ruinas, situaciones de extrema violencia y aquellos que se ven desplazados por hambrunas, mal llamados desastres naturales y un intenso deterioro ambiental.
Desde 2001, el 60% de esos desplazados escapa de los mismos diez conflictos prolongados en el tiempo: Siria (con más de 12 millones de desplazados, entre internos y solicitantes de asilo en otros países), Colombia (todavía hoy con más de 6 millones de desplazados internos), Afganistán, Sudán del Sur, Somalia. Sin embargo, comienza a consolidarse la idea de que una fuente de desplazamientos masivos será, si no lo es ya, el cambio climático. 
Desde 2008, una media de una persona por segundo (hasta un total de casi 300 millones de personas) se ha desplazado durante periodos relevantes de tiempo por desastres iniciados de manera súbita, la mayor parte de los cuales estaban relacionados con extremos meteorológicos o climáticos (sequías, inundaciones, eventos de contaminación del suelo o del agua…). Se estima, de hecho, que el riesgo de esa clase de desplazamiento se ha duplicado en los últimos 40 años. El promedio de 26,4 millones de personas al año no incluye, sin embargo, aquellos desplazamientos ocasionados por los impactos de fenómenos climáticos de aparición más paulatina. En ese caso apenas solo existen estimaciones puntuales: por ejemplo, en Somalia, en 2011, 1,3 millones de somalíes se desplazaron internamente y 290.000 buscaron refugio fuera del país en el contexto de la sequía en el Cuerno de África, que ocasionó una hambruna y altos grados de inestabilidad.
El 6 de abril de 2017 discutiré con los asistentes al evento organizado por Federalistes d’Esquerres sobre ciertas ideas míticas que nos incapacitan para encontrar una solución a escala mundial a estos desplazamientos de refugiados. Los refugiados del clima no son refugiados del clima en realidad sino de nuestra incapacidad para proporcionar una adecuada gobernanza de los recursos naturales y los bienes comunes. Los llamados desastres naturales son en esencia desastres humanos ante fenómenos naturales y lo son, desde luego, en las consecuencias pero, del mismo modo, lo son también en las causas.
Si no somos capaces de privilegiar enfoques preventivos frente a enfoques reactivos, si no anteponemos las ideas de ciudadanía y justicia a la caridad, las voluntades colectivas a las individuales, si no entendemos lo arcaico de la idea de estado-nación, si no apostamos por una aproximación federal para el reconocimiento de los derechos fundamentales, si obviamos hasta lo insensato nuestra responsabilidad en el cambio climático y la debilidad de nuestras respuestas de adaptación al mismo, habrá muchos ciudadanos del mundo que nos contarán su vida como los habitantes de Spoon River.


Gonzalo Delacámara es director académico del Foro de la Economía del Agua 


viernes, 31 de marzo de 2017

Porqué tenemos que ir a Colliure (por Mireia Esteva)

El homenaje que haremos a Antonio Machado es también un homenaje a todos esos demócratas que creen en un mundo dónde la pluralidad es un valor, donde la libre expresión de las ideas es un bien a preservar. Queremos agradecer a los que  anónimamente están enterrados lejos de sus seres queridos, por luchar por valores que aún necesitan ser defendidos


El próximo 2 de abril, un grupo de Federalistes d’Esquerres de Badalona ha organizado una visita al cementerio de la población francesa de Colliure con el objetivo de rendir homenaje a Antonio Machado, que está enterrado en él.
¿Por qué se nos ocurre irnos a Francia a hacer un homenaje a Antonio Machado? Es muy sencillo: esa tumba sencilla situada en un pequeño cementerio de un lugar situado a solo 26 kilómetros de  la frontera española representa la diáspora del exilio español. Ese pueblo situado en la falda de los Pirineos, frente al mismo mar que baña nuestros pueblos del otro lado, y con la misma tramontana que la nuestra, no sólo acoge a un gran escritor español, que lo fue.
Machado también representa a esos miles y miles de refugiados españoles que tuvieron que huir porque defendieron un gobierno democrático frente al golpismo nacionalista homogeneizador de pensamiento único, que se adueñó de España a la fuerza. Ese nacionalismo que influido por las corrientes nacionalistas que recorrían Europa, representadas por Mussolini en Italia, por Hitler en Alemania, por el gobierno de Petain en Francia y por el gobierno de Salazar en Portugal, en España se materializó en el nacionalsocialismo  de Falange y Primo de Rivera y por el franquismo.
El nacionalismo español, defendido por la mayor parte de la iglesia, por caciques y terratenientes, tuvo miedo a perder los privilegios durante la República y no dudaron en levantarse contra el gobierno elegido democráticamente. Lucharon a favor de la República la mayoría de jornaleros y trabajadores, maestros, filósofos, literatos, científicos y librepensadores, que en muchos casos dieron su vida sin zapatos frente a un ejército bien pertrechado.
El nacionalismo homogeneizador franquista era centralista y totalitario y perseguía hasta la aniquilación al contrario. Definía, encasillando en roles predefinidos como era la mujer y el hombre, como debía ser una familia, como había que educar, que religión había que tener y como se debía adoctrinar en las escuelas. Porque el nacionalismo define quien es buen patriota y quién no. Al que no lo es, ni agua. El nacionalismo intenta homogeneizar a la población, construye patria y nación, clasificando a los ciudadanos en buenos y malos patriotas, según se ajusten o no a esas definiciones. El nacionalismo utiliza cualquier medio a su alcance para conseguir sus objetivos y la lucha por el dominio de su territorio está por encima de los derechos ciudadanos.
Al otro lado de la frontera vino Antonio Machado en enero de 1939, como muchos otros, con su madre enferma, con su hermano y cuñada.  Huía de Barcelona, ante la entrada de las tropas franquistas, donde se hallaba refugiado, habiendo huido antes del terrible asedio que vivió Madrid. En esa larga cola de gente que huía hacia la frontera se juntaron ricos y pobres, niños y abuelos, gente del norte y del sur, gente de la costa y del interior. En esa cola, huía la gente arrastrando a sus familiares enfermos y heridos. En esa cola huían casi sin nada, casi medio millón de personas, dejando atrás, mal enterrados a sus muertos, dejando atrás, sus vidas, sus casas, sus fotos. Esa gente que huía, hambrienta por el continuo asedio, aceptando la derrota, fue continuamente bombardeada hasta llegar a la frontera, dejando innumerables muertos en la cuneta, dejando sus mudas y sus carnes esparcidas por el campo. Preludio del sufrimiento de los ciudadanos que defendieron la democracia, en las poblaciones ocupadas por los golpistas nacionalistas.
Machado, cuando llegó a Francia, solo tenía dinero para sobrevivir un mes. Pero no lo necesitó porque estaba exhausto. Murió de pneumonia en un cuartito de pensión y a los pocos días murió su madre, a la que estaba cuidando. En ese cementerio, en la misma tumba están los dos. Sabemos dónde están y podemos rendirles homenaje. Hoy en día, mucha gente todavía no sabe dónde están sus muertos de esa guerra que no acabó con la victoria de Franco en 1939, sino que se alargó muchos años después, en una larga oscuridad que envió a republicanos a las cunetas sin juicio, o a trabajos forzados para reconstruir la España que los golpistas habían destruido, que obligó a emigrar de sus pueblos a gentes que se morían de hambre porque a un republicano no se le daba trabajo.

Sirva el homenaje que hacemos a Antonio Machado también como homenaje a todos esos demócratas que creen en un mundo dónde la pluralidad es un valor, donde la libre expresión de las ideas es un bien a preservar y también de agradecimiento a los que  anónimamente están enterrados lejos de sus seres queridos, por defender valores que aún ahora necesitan seguir siendo defendidos. El nacionalismo que fue durante la primera mitad del siglo XX, ahora vuelve adquiriendo nuevas formas y discursos, pero sigue queriendo levantar fronteras entre las gentes y homogeneizar a los ciudadanos, por eso algunos que tuvimos familiares o conocidos en el exilio, queremos hablar bien alto y claramente decir que las ideas no se fueron, que seguimos aquí e iremos a Colliure para recordarlos.

sábado, 25 de marzo de 2017

‘Canviem el rumb d’Europa’ (per Sara Jaurrieta)

Pensem que la resposta a la crisi no només passa per aprofundir en les relacions federals dins d’Espanya, on lliurement podem acordar quines competències volem per cada nivell de govern, sinó que pensem que aquest moment passa també per reforçar les relacions federals fora d’Espanya, a nivell europeu


(Intervenció de Sara Jaurrieta a l’acte ‘Canviem el rumbo d’Europa’ celebrat a Roma el 24 de març de 2017)


Aquesta setmana es commemora els 60 anys dels Tractats de Roma i demà tindrem ocasió de formar part d’aquesta Marcha por Europa que ens uneix a tots els europeistes.
És un marc magnífic, per tant, per poder compartir reflexions i anhels entre les persones i entitats que volem i reclamem més i millor Europa.
Federalistes d’Esquerres neix a Barcelona l’any 2012 quan un grup de ciutadans i ciutadanes van veure la necessitat d’obrir un espai federalista a Catalunya davant els esdeveniments polítics que s’estaven començant a donar en el nostre entorn.
Certs partits polítics començaven a intentar fer creure a la nostre societat que l’espai del diàleg s’havia esgotat i que tots els problemes (socials, econòmics i polítics) havien de trobar la solució en la independència de Catalunya respecte a la resta d’Espanya.
La crisi, com a tot arreu, havia deixat les seves seqüeles en la societat creant més atur, més precarietat laboral i més vulnerabilitat entre les persones.
El govern conservador espanyol va aprofitar aquesta situació de crisi per donar passes enrere amb polítiques centralitzadores i simplificant el debat públic mancant respecte a la pluralitat política i cultural.
Altres, federalistes, pensem que la solució passa per la cooperació i les aliances.
La nostra història i el nostre present com a societat està ple de governs que en moments d’incertesa i crisi opten pel reclutament. La conclusió comú que podem treure d’aquestes experiències és que han col·laborat a l’aïllament, a generar més divisions i a empobrir culturalment i socialment a les persones.
Pensem que la resposta a la crisi no només passa per aprofundir en les relacions federals dins d’Espanya, on lliurement podem acordar quines competències volem per cada nivell de govern, sinó que pensem que aquest moment passa també per reforçar les relacions federals fora d’Espanya, a nivell europeu.
En aquesta línia, creiem que cal dotar de més contingut polític i social a aquesta Europa que ha de ser capaç contínuament de donar respostes als reptes generats pels nous temps.
Des de Federalistes d’Esquerres pensem que l’espai pel diàleg és clau per avançar en aquesta direcció. Per això som una entitat que promovem la contrastació d’idees i les experiències existents.
Ara estem elaborant un documental ‘FEDERAL’ que el premiat director Albert Solé està fent per donar veu a persones d’arreu de món que han cregut i viscut les virtuts i els avenços que el federalisme ha aportat a la societat.
Des de Federalistes d’Esquerres també donem difusió a llibres, articles i debats que promoguin els valors del federalisme i la democràcia a tots els nivells: local, europeu i mundial.
En els darrers anys, malauradament només s’ha promogut amb recursos privats i públics un únic model d’organització: el nacionalista.
És per això que pensem que cal un debat just i ho fem apropant les activitats i actes a cada racó de Catalunya i d’Espanya (la setmana passada vam estar, per exemple, a Madrid).
Per combatre aquest pensament que vol ser únic treballem en xarxa amb grups federalistes dins i fora de Catalunya i Espanya.
Ens hem trobat amb molta gent que pensa com nosaltres que encara hi ha esperança en construir un futur millor des de la base de la fraternitat, compartint i coordinant visions i estratègies.
En definitiva, el que volem és una reforma de la Constitució espanyola que permeti desenvolupar un sistema federal en base als principis de la cooperació, la lleialtat institucional i la solidaritat entre els pobles d’Espanya.
Volem regenerar el model polític i institucional, fent-lo més democràtic i participatiu, respectuós de l’autogovern de les parts i de la plurinacionalitat d’Espanya.
I pensem que això ve de la mà de la construcció d’una Europa sense fronteres, federal, més justa i solidària. En altres paraules, que implica recuperar el llegat d’Atiero Spinelli, Ernesto Rossi i Eugenio Colorni.
Una Europa lliure i unida. Una Europa capaç de rescatar a les persones amb un Estat del Benestar que garanteixi la igualtat d’accés als serveis. Una Europa que sàpiga donar resposta als refugiats que fugen de la violència i la fam, buscant noves oportunitats.
El federalisme pot ser un projecte complex, però és l’únic que està donant respostes solidàries i eficaces enfront dels nacionalismes que hem conegut i patit.
El futur és federal i és allà cap a on volem anar.
Necessitem més Europa! No a les fronteres! No a les nacions!

sábado, 11 de marzo de 2017

Quina estranya gent som (per Mireia Esteva)

La llibertat i la democràcia es construeixen cada dia amb lleialtat i respecte. La lleialtat és un bé preuat i el requisit exigit a tot bon demòcrata davant de qualsevol pacte o negociació. La llibertat s'exerceix sense arrabassar-la als altres. La llibertat, quan no es coneixen els seus límits, es converteix en abús


Jo em deia moltes vegades: «Per què Catalunya perd i ha perdut sempre?»
La història de Catalunya és això: cada vegada que el destí ens col·loca en una d'aquestes cruïlles decisives, en què els pobles han d'escollir entre diversos camins, el de la seva salvació i la seva encimbellament, nosaltres, els catalans, ens fiquem fatalment, voluntàriament , estúpidament, en un carreró sense sortida. I ara hem pogut veure-ho i viure-ho amb punyent lucidesa, amb dolor entranyable.

Les paraules que precedeixen, són paraules de Gaziel publicades a la Vanguardia el 19 d'octubre de 1934, pocs dies després del pronunciament de Companys, declarant unilateralment la independència de Catalunya des del balcó de la Generalitat. L'aventura va durar poc i en la matinada del dia següent els responsables estaven empresonats. El pitjor és que en aquell moment en què a Catalunya se li reconeixia autonomia dins de la República Espanyola i es discutia sobre la federalització dels pobles de la península ibèrica, els governants catalans van llançar un ultimàtum que va generar desconfiança sobre la nostra autonomia i va provocar intents centralitzadors. El mateix Azaña, expresident de la República, que havia lluitat per aconseguir l'Estatut per a Catalunya, es mostrava decebut.
Gaziel no anava desencaminat en les seves declaracions, perquè sempre que a Espanya s'han tingut moments de major democràcia, els governants de Catalunya no han sabut actuar per aprofundir en les llibertats i han optat pel camí de la unilateralitat i del tot o res. No només han fracassat en els seus intents, sinó que cada vegada s'ha perdut credibilitat i capacitat d'influència. Catalunya ho va intentar el 5 de març de 1873, un mes després que s'establís la Primera República, mitjançant la proclamació de l ' «Estat català federat amb la república espanyola», promoguda per la burgesia per utilitzar l'independentisme com a mitjà de pressió. Tot i que es va arribar a parlar de formar un govern provisional, de convocar eleccions a Corts catalanes i de dissoldre l'exèrcit espanyol al territori, l'experiència va durar dos dies i ningú va donar suport als dirigents catalans. El 14 d'abril de 1931, una hora després que Companys sortís al balcó de l'Ajuntament de Barcelona per proclamar la segona república espanyola, el llavors president d'Esquerra Republicana, Francesc Macià, va aparèixer per sorpresa al mateix lloc, proclamant l'Estat català sota el règim de la República catalana, que lliurement i amb tota cordialitat anunciava i demanava als altres pobles germans d'Espanya la seva col·laboració en la creació d'una Confederació de pobles ibèrics ». Aquesta proclamació va ser el primer problema que va haver d'afrontar el Govern Provisional de la Segona República, i es va resoldre pactant el compromís del Govern de presentar en les futures Corts Constituents l'Estatut d'Autonomia que decidís Catalunya. La tercera i última proclamació, de la qual parlava Gaziel, es va produir a l'octubre de 1934, immediatament després que es produís l'entrada de tres ministres de la CEDA en el govern d'Alejandro Lerroux, després de deslligar-se la vaga revolucionària convocada pels socialistes. El president de la Generalitat, Lluís Companys, va proclamar de nou l'Estat català, després d'acusar al nou govern espanyol de «monarquitzant» i «feixista»: va cridar a tots els catalans al compliment del deure i a l'obediència absoluta al Govern de la Generalitat, que des d'aquest moment trencava tota relació amb les institucions "falsejades" i declarava la guerra a l'Estat espanyol.
Els carrers de Barcelona es van omplir de joves d'Esquerra armats amb carrabines, pistoles automàtiques i fins i tot metralladores. La ciutat es va convertir en l'escenari de la batalla entre l'Exèrcit contra els Mossos d'Esquadra i centenars de simpatitzants independentistes.
Al matí següent, Companys, els consellers de la Generalitat, l'alcalde de Barcelona i diversos regidors d'Esquerra van ser detinguts a la seu del Govern. Els carrers van anar quedant buits de gent i mica en mica tot va tornar a la normalitat.
A hores d'ara, després del període més llarg viscut a Espanya en democràcia i quan més energies necessitem per cohesionar Europa, els governants de Catalunya miren cap al segle passat, menyspreen les llibertats aconseguides i es dediquen a conduir-nos unilateralment cap a no se sap on, amb manca absoluta de transparència i menyspreu cap al mateix Parlament català.
Algú ha elaborat, clandestinament, una llei de desconnexió i qualsevol dia, mitjançant la incorporació sorprenent d'un punt de l'ordre del dia enmig d'un debat parlamentari no previst per això, sense haver passat per cap comissió, sense esmenes, sense debat públic ni parlamentari, s'aprovarà la llei. Feta la llei, es procedirà a realitzar el referèndum, amenaçant amb fer esclatar una crisi de grans dimensions si algú intenta impedir-ho. Ens diuen que el referèndum serà vinculant i, per a això, ja tenen preparades estructures d'estat. Les enquestes no donen per a tantes seguretats, així és que el que cal preveure és un referèndum amanyat de resultat conegut, al més pur estil totalitari. Per tranquil·litzar-nos ens diuen que no ens preocupem, que l'endemà tindrem instruccions per a tothom.
Amb això, l'únic que s'aconsegueix és generar desconfiança en la resta d'Espanya i en els països del nostre entorn. També s'aconsegueix carregar de raons a aquells als quals la llibertat molesta i als que voldrien un estat més centralitzat i menys democràtic. La llibertat i la democràcia es construeixen cada dia amb lleialtat i respecte. La lleialtat és un bé preuat i el requisit exigit a tot bon demòcrata davant de qualsevol pacte o negociació. La llibertat s'exerceix sense arrabassar-la als altres. La llibertat, quan no es coneixen els seus límits, es converteix en abús.
No es pot parlar de democràcia quan s'actua sense transparència, sense pacte ni reconeixement mutu i s'actua de forma oportunista amb abús de poder.

Aquest món, que l'independentisme assegura que ens mira, dirà que amb tanta unilateralitat i mal fer no som de fiar i pensarà que demostrant tant menyspreu per la democràcia, que estranya gent som, com deia Gaziel. Per aquest camí, construït amb "bulldozers" o màquines anivelladores, que sols estarem!

domingo, 19 de febrero de 2017

De la resistènca global a l’alternativa federal (per Francesc Trillas)

Com enfrontar-nos amb eficàcia al populisme i a la demagògia? Com fer servir les eines de la raó sense donar als adversaris el monopoli de l’emoció? Tots lluitem per un món on tots els éssers humans tinguin els mateixos drets vinguin d’on vinguin i siguin d’on siguin, sense que “primer” (“America first”, “Catalunya primer”) vagin els de cap nacionalitat


Existeix un debat obert sobre fins a quin punt el sobiranisme català comparteix característiques comunes amb altres moviments nacional-populistes. L’existència d’aquest important debat està legitimada per la participació en ell d’alguns representants de l’independentisme català, que s’han vist en la necessitat de defensar-se. Benvingut, doncs, el debat. És però hora potser d’obrir també un debat sobre què podem aprendre els uns dels altres aquells qui ens resistim a aquests moviments diversos i heterogenis però amb trets comuns, o que els veiem amb enormes reticències.
Quan els independentistes catalans diuen que no són nacionalistes jo ho celebro, perquè considero que el nacionalisme és una de les grans plagues de la humanitat. Me n’alegro que es vulguin distanciar del nacionalisme. Clar que un mateix no és mai un bon jutge del seu propi comportament i és bo poder discutir aquestes auto-avaluacions amb criteris més objectius. Per exemple, el director de TV3, la televisió pública catalana diu que la seva cadena no treballa per l’independentisme, però l’evidència empírica objectiva apunta en una altra direcció.
Ara alguns dirigents de l’independentisme català han decidit entrar doncs en el debat sobre el grau de semblança del seu moviment respecte a altres moviments populistes, com els que lideren personatges com Trump, Farage o Le Pen. Per exemple, l’alcaldessa de Sant Cugat del Vallès i presidenta de la Diputació de Barcelona Mercè Conesa va publicar un article a La Vanguardia titulat “El sobiranisme català no és populista”.
És benvingut l’intent de desmarcar-se del populisme en ascens, perquè entre aquest populisme hi ha fenòmens xenofòbics tan inquietants com el Brexit, els esmentats Trump i Le Pen, la Lliga Nord, Wilders, els Autèntics Finlandesos, Viktor Orban, els nacional-catòlics polonesos, els euro-escèptics italians, Narendra Modi a l’Índia  o Vladimir Putin. Segurament me’n deixo algun. Existeixen diferències entre ells: en el seu grau de vulgaritat, en el seu grau de xenofòbia, en el component religiós, en la utilització d’institucions de govern, o en el fet que alguns d’ells han recolzat l’independentisme català i altres no, etc.
Les semblances entre ells inclouen que NO són feixistes sinó que aspiren a manipular la democràcia en favor seu sense abandonar-la; la recerca d’enemics exteriors o interiors i bócs expiatoris; l’accent en la distribució de la renda entre territoris i no entre persones o classes socials; la preferència per la democràcia directa; una certa visió èpica de la política; l’atac a la divisió de poders (incloent els atacs a la premsa independent o la manipulació dels mitjans públics). Crec honestament que algunes d’aquestes característiques si no totes també caracteritzen l’actual moviment independentista català, o almenys el comportament dels seus líders, més enllà d’aspectes anecdòtics, com polítics que en el passat presentaven “reality shows” i que presumeixen de fer discursos sense llegir, tal com ragen les idees; o la curiosa semblança entre els slògans de campanya de Marine Le Pen i Artur Mas parlant “en nom del poble” o de la “voluntat d’un poble”. Per cert, algunes d’aquestes característiques també les comparteix o les compartia el polític del Partit Popular García-Albiol, especialment quan era alcalde de Badalona, una de les principals ciutats de Catalunya.
En l’article mateix de la senyora Conesa, tot i que parla tranquil·litzadorament de la vocació europea del catalanisme (de veritat que ho celebro), també reivindica la celebració de referèndums dicotòmics i utilitza la retòrica de les “nacions lliures”, dos arguments que també pertanyen a la caixa d’eines de la senyora Le Pen. Seria bo que el seu europeïsme li expliqués als seus aliats eurofòbics de la CUP o a alguns manifestants d’Esquerra Republicana als quals s’ha vist cremant banderes europees, o que li expliqués a una altra líder independentista, la Sra. Mònica Terribas (que té una segona feina com a presentadora estrella de la ràdio pública), que en una recent entrevista en un diari posava la seva hispanofòbia en el context del seu euroescepticisme: “un projecte col·lectiu fracassat”, sense el qual però potser no haguéssim viscut les dècades de més pau, llibertat i progrés de la nostra història a Catalunya, Espanya i a tot el continent.
Perquè els intents de desmarcar-se de la Internacional Nacional-Populista siguin més creïbles, els independentistes catalans podrien prendre una sèrie d’iniciatives, com eliminar el control polític dels mitjans públics de comunicació, o desmarcar-se de la proclamació parlamentària del seu “full de ruta” on presumien de tirar per la borda la divisió de poders (“cap autoritat” no hauria d’interferir en les decisions del Parlament de Catalunya sobre cap tema).
Les semblances entre els moviments de resistència també són notables. Tots lluitem per un món on tots els éssers humans tinguin els mateixos drets vinguin d’on vinguin i siguin d’on siguin, sense que “primer” (“America first”, “Catalunya primer”) vagin els de cap nacionalitat. I lluitem intentant estructurar, institucionalitzar la fraternitat i no només proclamant-la. I tots lluitem per una democràcia millor que no sigui sotmesa a manipulacions. I també tots els qui ens resistim tenim en comú els mateixos dubtes i interrogants. Com enfrontar-nos amb eficàcia al populisme i a la demagògia? Com fer servir les eines de la raó sense donar als adversaris el monopoli de l’emoció? Com oferir esperança a les clases mitjanes i treballadores dels països desenvolupats que veuen amb temor com avança la globalització? Per això potser ha arribat l’hora de passar de la resistència global a l’alternativa federal. No es pot deixar que la veu la monopolitzin els qui ofereixen falses panacees, mentre els qui tenim idees per institucionalitzar la fraternitat (el federalisme) som silenciats, i altres miren cap a un altre costat per no perdre amics, amb arguments com que el nacional-populisme és el projecte polític més potent i que “el poble” ja decidirà.



miércoles, 18 de enero de 2017

Una propuesta de reforma constitucional en clave federal. El reparto de las competencias (por Joaquín Tornos Mas*)

Las competencias no deberían verse simplemente como un reparto de poder en el que se enfrentan territorios, Estado y Comunidades Autónomas, con el respectivo objetivo de retener lo que se posee y en la medida de lo posible aumentar la cuota de poder, sino como un debate sobre cómo lograr la mejor distribución de competencias con el fin de conseguir la mejor acción de los poderes públicos al servicio de sus ciudadanos


(Este texto es un extracto del artículo ‘El Estado de las Autonomías. Una propuesta de reforma constitucional en clave federal’ de Joaquín Tornos Mas publicado por el Instituto de Derecho Público de Barcelona, IDP, la Friedrich Ebert Stiftung y la Fundación Manuel Giménez Abad)

El acuerdo sobre el nuevo sistema de distribución de competencias, entre el Estado y las Comunidades Autónomas, debería ir más allá de una mera reinterpretación del texto vigente. Lo que procede es abrir una reflexión sobre qué competencias deben estar en manos del Estado y qué competencias deben pertenecer a las Comunidades autónomas al inicio del primer tercio del siglo XXI. Este debe ser el debate que merece la pena acometer, lo que supone, y de ahí la importancia y la dificultad del tema, tratar de articular un nuevo "pacto constitucional" que luego se deberá formalizar a través de las técnicas jurídicas adecuadas, sobre las cuales ya existe menos discusión.
¿Qué funciones y materias deben corresponder a cada nivel?
La respuesta a esta pregunta es la que a mi juicio exige un mayor esfuerzo de reflexión y ulterior consenso, en la medida en que el fijar los respectivos ámbitos de competencias se ve siempre como la determinación del quantum de poder de cada nivel territorial.
Como cuestión previa debe reconocerse que en el momento actual la reforma constitucional ya no puede limitarse a la reinterpretación de los preceptos de la Constitución vigente o a la mejora de las técnicas jurídicas con las que se alcanzó el consenso en 1978. La reforma se justifica, si queremos adaptar el consenso de 1978 a la nueva realidad socioeconómica de la primera parte del siglo XXI, a una España integrada en Europa para, de acuerdo con la experiencia acumulada de 40 años de Estado autonómico, establecer un nuevo reparto de poder entre el Estado y las Comunidades autónomas. Por ello, el reparto de funciones y materias deben ser objeto de un nuevo acuerdo.
Situados en esta perspectiva entiendo que pueden aparecer dos grandes opciones como planteamientos generales de partida. Por un lado la reforma competencial puede tener como criterio rector la búsqueda de un mejor funcionamiento del "Estado federal" como sistema, tratando de identificar (en la línea de lo que exige el principio de subsidiariedad) qué funciones y materias pueden llevar a cabo con mayor eficiencia cada uno de los niveles, Estado y Comunidades autónomas (dejamos expresamente al margen el tema de los entes locales). En este punto se puede acudir a planteamientos próximos al federalismo fiscal, y por tanto introducir el criterio de eficacia, como instrumento que ayude a determinar los criterios en base a los que asignar las competencias.
La otra opción es plantear el reparto de competencias como un mero reparto de poder, de modo que se abre una discusión entre partes enfrentadas cuyo objetivo respectivo es lograr la máxima cuota de poder de decisión. En particular desde las Comunidades autónomas la reforma se puede defender exclusivamente como la vía para aumentar su poder político, ya que este incremento de poder es en todo caso bueno en sí mismo, es el fin a lograr.
En todo caso, el reparto de competencias no debería verse simplemente como un reparto de poder en el que se enfrentan territorios, Estado y Comunidades Autónomas, con el respectivo objetivo de retener lo que se posee y en la medida de lo posible aumentar la cuota de poder, sino como un debate sobre cómo lograr la mejor distribución de competencias con el fin de conseguir la mejor acción de los poderes públicos al servicio de sus ciudadanos.
Las competencias en materia de ordenación del crédito, comercio interior, medio ambiente u ordenación y gestión de los servicios aeroportuarios, por poner tan sólo unos ejemplos, deberían ser atribuidas atendiendo a la necesidad o no de una norma uniforme en todo el territorio para una mejor ordenación de los diferentes ámbitos materiales y del nivel más adecuado para la gestión de lo dispuesto en la norma. En definitiva, se trata de introducir el criterio de la eficacia, no como nuevo único principio, pero si como un criterio a tener también en cuenta, en particular cuando se trata de repartir competencias que inciden de modo directo en el funcionamiento del mercado único estatal y europeo. 
Este reparto de competencias debe reconocer la diversidad de supuestos y al mismo tiempo tratar de conseguir bloques homogéneos de materias que permitan después, en la medida de lo posible, gestiones homogéneas y por tanto responsables desde los diferentes niveles. No es lo mismo aquello que afecta al gobierno de la economía y a la realidad de un mercado único europeo, que lo relativo al gobierno del propio territorio, a la organización interna o a la prestación de servicios personales.
La llamada de atención sobre el principio de eficacia no supone ignorar que existen también los “intereses de los territorios”, la reivindicación por el respeto del poder de decisión autónomo en aquello que configura la identidad de la comunidad territorial y su subsistencia como realidad diferenciada. Este hecho deberá igualmente tenerse en cuenta en el reparto competencial, lo que puede incidir en materias como educación, cultura, lengua, derecho civil propio u organización territorial, en definitiva, los hechos diferenciales. Reivindicaciones competenciales éstas últimas que tendrán mayor o menor intensidad según la naturaleza de las diferentes Comunidades autónomas.
Pero a su vez deberá reconocerse la realidad de poderes de regulación económica supraestatales en el mercado único europeo, la singularidad de determinados bienes (aguas, costas), o servicios (transporte, energía) o de las necesaria igualdad de las condiciones básicas en el acceso a los servicios esenciales de todos los ciudadanos del Estado, materias todas ellas que exigen tratamientos generales y en los que no parece racional crear ámbitos de decisión separados. Materias por otra parte de las que no depende la subsistencia de las diferentes nacionalidades, o naciones histórico-culturales, que conforman el Estado español.
Ha de admitirse que el nivel ideal de descentralización no existe como tal, sino en función de cada caso y época particular, donde interactúan factores políticos, históricos, culturales y, como no, económicos.
Precisamente por este contenido político de la cuestión es necesario un nuevo acuerdo que tenga en cuenta todos los factores implicados.
A la hora de proceder al reparto competencial los diferentes ámbitos materiales deben ser tratados de modo diverso en razón de su vinculación principal con aspectos propios de la realidad identitaria de una Comunidad Autónoma, o con cuestiones que afectan al funcionamiento general del sistema federal. El reparto de competencias deberá tener en cuenta la singularidad de algunas materias, que no responden a sectores concretos de la actuación administrativa, sino a funciones generales del Estado, justicia, a poderes de organización territorial, la organización local y su régimen jurídico, o a la posible ampliación de los derechos y deberes de los ciudadanos. En estos casos el texto constitucional deberá fijar una reglas singulares de distribución competencial.
La construcción del nuevo modelo de reparto de competencias no debería quedar, en esta primera fase consistente en determinar qué debe corresponder a cada nivel, Estado y Comunidades autónomas, en manos de los juristas. No se trata de reinterpretar un texto a partir de razonamientos jurídicos y de la relectura de la jurisprudencia constitucional, sino de alcanzar un nuevo “pacto de Estado”. El jurista se debe situar en la segunda fase, consistente en articular a través de normas los criterios de reparto de materias que han decidido otros en razón de argumentos no jurídicos.

*Joaquín Tornos Mas es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Barcelona

sábado, 31 de diciembre de 2016

Elogio de la duda (por Victoria Camps)


Anteponer la duda a la reacción visceral. Es lo que trato de defender en este libro: la actitud dubitativa, no como parálisis de la acción, que también puede llegar a serlo, sino como ejercicio de reflexión, de ponderar los pros y los contras cuando las vísceras están a flor de piel. Aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes. Por eso se inventó la democracia como la mejor forma de gobierno, porque obliga a contrastar opiniones y a escuchar al otro


Este texto es un extracto del prólogo del libro 'Elogio de la duda' de Victoria Camps, Arpa Editores, 2016)


Vivimos en tiempos de extremismos, antagonismos y confrontaciones. A todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político. Una actitud que potencian a su gusto los escenarios mediáticos y que sube de tono gracias a la facilidad con que las redes sociales brindan la ocasión de apretar el gatillo contra cualquiera cuyo comportamiento o mera presencia incomoda. Cordura, sensatez, moderación, reflexión, son conceptos que se esgrimen de vez en cuando y apelan a una forma de vivir juntos más tranquila que la de estarse peleando por cualquier cosa, pero ser moderado carece de atractivo y no sirve para redactar titulares. En un clima como este, la duda ante lo que desconcierta y extraña, en lugar del exabrupto inmediato, sería una forma de reaccionar más saludable para todos. Tomarse un tiempo, pensarlo dos veces, dejar pasar unos días, antes de dar respuestas airadas.
John Carlin aludía a la cuestión en uno de sus artículos: «Me alegro de haber decidido tomarme unas vacaciones de Twitter a principios de mes. Me salvé de caer en la tentación de ventilar mis reacciones a tres noticias: la del concejal madrileño de Podemos y su chiste sobre los judíos; la del Nobel inglés de la ciencia verborreando sobre las debilidades biológicas de las mujeres; la de la activista estadounidense blanca que se decía negra.» (“La turba tuitera”, El País, 2014). No hace falta decir que las noticias en cuestión perdieron interés con la misma rapidez con que se habían convertido en el tema más discutido durante unos cuantos días. Interés real no lo merecían ninguno de ellas, pero las redes sociales echaban humo y había que hacerse eco de las reacciones en toda la cadena mediática, más o menos seria. 
Con estos mimbres, es lógico que no consigamos hacer nada de lo que decimos que habría que hacer: diálogo, buenas maneras, escuchar al otro, paciencia y razonamiento. Anteponer la duda a la reacción visceral. Es lo que trato de defender en este libro: la actitud dubitativa, no como parálisis de la acción, que también puede llegar a serlo, sino como ejercicio de reflexión, de ponderar los pros y los contras cuando las vísceras están a flor de piel. Uno de los valores que quiso transmitir el movimiento de los indignados, hace cuatro años, fue el tono amable y nada ruidoso de unas personas que se reunían y manifestaban para quejarse de casi todo y mostrar su aversión al modo de proceder de los poderosos. En Cataluña, los independentistas se enorgullecen de que una reivindicación tan extrema como la de la secesión se traduzca en manifestaciones de tono lúdico, donde todos ríen y se agarran de las manos en un gesto de cordialidad. La cordialidad es elogiada cuando se muestra, pero es la excepción, no la norma, por eso sorprende. Dan fe de ello las tertulias televisivas, los tuits, las campañas electorales, las sesiones de los parlamentos y las declaraciones mediáticas de unos y otros. Al periodismo le gusta atizar la confrontación porque una información que no produce enfrentamiento no llama la atención. Los movimientos de los indignados, en principio tranquilos, han dado lugar a organizaciones y compromisos políticos que no eluden el extremismo, de
derechas o de izquierdas. Francia, el Reino Unido, Holanda, Dinamarca, países referenciales por su ancestral apertura y tolerancia, se ven impotentes ante las adhesiones que concitan los partidos racistas que han ido apareciendo en la arena política. Y, sin llegar a extremos racistas, hay derivas populistas en Grecia, en Italia, en España, en Estados Unidos. El populismo viene a ser la manera actual de caer en la demagogia, lo que para los clásicos griegos era el signo evidente del deterioro de la democracia. 
Creo que fue Bertrand Russell quien dijo que la filosofía es siempre un ejercicio de escepticismo. Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y prejuicios, cuestionarse lo que se ofrece como incuestionable. No para rechazarlo sin más, pues eso vuelve a ser confrontación. Sino para examinarlo, analizarlo, razonarlo y decidir qué hacer con ello. Debería ser la actitud que acompañara al uso de la libertad, pues, como dijo mejor que nadie John Stuart Mill, no es libre el que se limita a sumarse a la corriente mayoritaria, sino el que examina antes si es una corriente interesante. La tiranía de la mayoría, según Alexis de Tocqueville, es uno de los peligros de la democracia, una amenaza a esa libertad individual que defendemos con tanta vehemencia frente a las «mordazas» que tratan de imponer los poderes públicos.
El pensamiento es dicotómico: nos movemos entre el bien y el mal, lo legal y lo ilegal, lo bello y lo feo, lo propio y lo ajeno. Las dicotomías sin matices son abstracciones, formas burdas de clasificar la realidad, inútiles y simplificadoras para examinar lo complejo. Es más fácil situarse en el sí o el no porque para hacerlo no hace falta dar argumentos. O soy independentista o soy unionista. De derechas o de izquierdas. Acepto o no acepto a los refugiados. Los matices suponen demasiado esfuerzo. La duda inquieta y es aguafiestas. Es como la pepita que escupo al morder una manzana, un estorbo para seguir mordiendo con tranquilidad.
En los escritos de los filósofos abundan las actitudes dubitativas y escépticas. Montaigne es el gran maestro en el tema, pero no es el único. Montaigne se nutre del escepticismo de los filósofos griegos. Vive en un siglo de cambio, que propicia la duda porque la época es desconcertante. Por eso no escribe grandes teorías, sino «ensayos», su visión particular de realidades que chocan con la nuestra y, al considerarlas y no rechazarlas sin más, siempre tienen la virtud de enseñar algo. Realidades prosaicas, no hace falta que sean trascendentes, para llamar la atención sobre algo que importa. El siglo alumbra esta forma de pensar. En España, Francisco Sánchez se une al movimiento escéptico del que da cuenta en su obra más conocida,  Quod nihil scitur. Ese punto de vista escéptico y dubitativo contribuirá a la gestación del individualismo moderno. Se cuestiona, por una parte, la autoridad religiosa para dar valor al juicio individual, lo que había llevado a Lutero a separarse de la iglesia católica. Se descubre mérica y lo que ha venido en llamarse la «diversidad cultural». Paradójicamente, la afirmación del individuo como la perspectiva desde la que hay que pensar y razonar nace con el descubrimiento de un otro extraño, cuyas costumbres chocan y parecen irracionales. Montesquieu lo dirá claro con una sola pregunta:
«¿Cómo se puede ser persa?»
Aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes. Por eso se inventó la democracia como la mejor forma de gobierno, porque obliga a contrastar opiniones y a escuchar al otro. Pero la necesidad de los otros no ha de impedir la afirmación de la propia individualidad, la madurez que consiste en ser autónomo y pensar por uno mismo y en no buscar para cualquier propósito el cobijo y la seguridad que proporciona el grupo. La libertad individual ha sido uno de los grandes logros de la modernidad. Saber utilizarla de forma que no vaya en detrimento de la vida en común y atreverse a utilizarla para ir a contracorriente es el cometido de la ética. Una ética que aspire a ser global tiene que apoyarse en la moderación como virtud básica, porque el saber es limitado y nadie tiene la razón en exclusiva.
Con la duda como norma ocurre algo similar a lo que ocurre con la tolerancia. Está bien tolerar lo que no nos gusta y nos incomoda, pero no todo es tolerable. Está bien dudar y calibrar las distintas posiciones, pero hasta cierto punto. No podemos dudar de todo ni empezar de cero a cada rato. Existe un núcleo de «verdades» cuya puesta en cuestión significa renunciar a los logros conseguidos por la humanidad a lo largo de los siglos. No todo se ha hecho mal y tiene que ser revisado. Por vacías que parezcan, las grandes palabras nos dan pautas de conducta, fuerzan a razonar y explicar por qué la realidad es éticamente deficiente y no encaja en ellas. Contra los dogmas y los prejuicios, hay que esgrimir los valores ilustrados que pueden ser universales solo porque son abstractos. Para llevarlos a la práctica, hay que interpretarlos, lo que implica introducir una dosis de relativismo, otra forma de dudar. Sólo los fundamentalismos esgrimen valores absolutos, irreconciliables con
otros valores igualmente importantes. Lo dijo muy claro Camus: «La justicia absoluta niega la libertad.»
Podría parecer que la actitud dubitativa que propugno tiene como objetivo fundamental poner en cuestión el entusiasmo con que algunos acogen las propuestas de transformación política, social e incluso individual auspiciados por el altermundialismo, las nuevas políticas podemitas, las pulsiones anarquizantes y los movimientos antisistema. Pienso que todas estas tendencias, a menudo descalificadas como populistas, no son sino la consecuencia de haber llegado a un statu quo, en el mejor de los casos, mediocre en cuanto a ambiciones de renovación y, en el peor, incongruente con esos principios ilustrados que las constituciones políticas de los Estados de derecho recogen como válidos. Han sido la precipitación, el dejarse arrastrar por las bonanzas económicas, la ausencia de autocontrol y de templanza lo que nos ha puesto ante un mundo en el que no queremos reconocernos. Ese mundo no surgió de la ponderación y el examen sobre lo que se debía hacer para el bien de todos, sino de la desmesura propiciada por mentes atolondradas y no reflexivas.
Como hizo notar Josep M. Colomer en La transición a la democracia: el modelo español, nuestra transición, que fue moderada y bastante ejemplar, contrasta con una realidad posterior en la que han predominado la concentración de poder, el partidismo, el corporativismo, el clientelismo, las imposiciones unilaterales y la decisiones excluyentes. Ni la moderación ni la prudencia han sido la norma de los últimos decenios, pero tampoco parecen servir de guía de las muchas regeneraciones que ahora se proponen. Si a la evolución de la política, precipitada y poco ponderada, cortoplacista y electoralista, le añadimos las costumbres, el ethos, que propician la economía de consumo, nos encontramos con una realidad en la que el factor característico es la complacencia con el statu quo, el no cuestionamiento de una manera de vivir que no incita a activar ningún mecanismo que se interrogue
sobre el porqué de lo que hacemos.
A lo largo de las páginas que siguen, se comentan y utilizan muchas citas filosóficas. Por deformación profesional, me es difícil escribir sobre cualquier cosa sin echar mano de los filósofos, lo que más he estudiado y enseñado. Más allá de las rutinas del oficio, me gustaría ser capaz de dar cuenta de la utilidad de la filosofía para aprender a dudar y, en definitiva, para aprender a vivir. Acabo de citar a unos filósofos que se propusieron ese ejercicio en sus escritos. Junto a los ya citados, Sócrates, Aristóteles,
Descartes, Spinoza, Hume, Nietzsche, Wittgenstein y otros menos conocidos, pero no menos dignos de atención, salpican e iluminan con su pensamiento lo que pretendo decir a lo largo del libro. Poner de manifiesto que la lectura de los clásicos, filósofos o no filósofos, nunca será una inconveniencia ni una pérdida de tiempo. Aunque la cultura en general no es una garantía para vivir mejor ni tener planes de vida más razonables, despreciarla es carecer de armas para enfrentarse a la brutalidad que todos llevamos dentro. La filosofía, la literatura, el arte, la música, tienen la virtualidad de dejarnos perplejos, de sembrar el desconcierto allí donde todo parecía claro, de estimular la curiosidad hacia lo desconocido, de dar valor a las expresiones ajenas. En una palabra, de introducir complejidad en una existencia que, porque es humana, no puede ser simple.